El Pendrive de Bocha

Solo un pasatiempo



Bajo la oscuridad me refugio, con destellos instantáneos que iluminan mi cielo, intentando escribir unas lineas, esforzándome por encontrar una musa inspiradora, una que en mi hogar no encuentro. Pero mis manos se ven amenazadas por la ruptura de mi techo, un quiebre en pedazos, con ruidos que se entrelazan con las boquitas pintadas y hacen aun mas difícil mi existencia.

Parece que patear el tablero esta noche será difícil, por lo menos lo es hasta este párrafo. Y más aun cuando de lleno nos metemos en la melancolía, cuarto sin salida al que todos quieren entrar.

Si fuera un tipo de campo, escribiría un rato más  pero soy un bicho de ciudad, de los cagones, de los fríos y metálicos bichos de ciudad, grises y apagados como la modernidad. Cerrare la puerta y volveré.

Y ya envuelto por paredes de un confiable concreto, sigo redactando lo que pasa por mi cabeza. Noche rara esta pero noche en fin, una más para dar muestra del asombroso don del ser humano: la escritura, esa capacidad que tenemos de trasladar los pensamientos fuera de nuestro cuerpo físico, lo que deriva en la aspiración del legajo esencial que toda persona sueña con dejar a sus descendientes más cercanos, y porque no a los lejanos. Un legajo que diga: “estoy soy”, y que se leerá “esto fue”.

Me detengo en lo atípico de la noche, y es que tras pasar siete horas sentando frente al monitor, los deseos de dar el salto se apoderaron de mí (como era de esperar).

En mi primer intento, quise ver una película que como enseñanza primordial dejaba, no para el autor, sino para mí, los rasgos culturales con los que se vestía la sociedad Argentina en los años setenta. Muy linda, por lo menos los 10 minutos que pude ver me gustaron, pero las rayas del DVD trucho me impidieron concluirla. Así y todo yo ya estaba comido, y con la lluvia que se avecinaba, no iba a salir de mi casa, ni para deleitarme melancólicamente con charlas en la puerta del María, y tampoco junto a las mesas de pool en “El bar del viejo”. ¿Qué hacer? Tome abstractamente la lista del día a día que tengo guardada entre mis notas privadas del Pendrive, y decidí completar el cuadradito correspondiente a “Romper por lo menos una vez con lo cotidiano”. Esto implicaba que la primera idea para hacer algo distinto la tendría que llevar a la práctica, y es por esto que termine escribiendo en mi terraza. Sentado contra la reja redactando mientras poco a poco el cielo comenzaba a caer, con mi fiel botella de agua que me acompaña a todos lados en los intensos días de verano, y mi celular para atender los llamados graciosos de mi vieja. Ahí estaba yo, en mi mundo, observando, sintiendo cada detalle, la suavidad del viento, lo áspero de la pared, el peculiar olor del piso rojo característico de toda terraza. Dándole al faso literario como notaron en las primeras líneas.

Ya en casa, contento al tener luz y saber que todas las cuadras de los alrededores permanencia a oscuras, con uno que otro “la conch… de tu madre Cristina”, velas, linternas y cacerolazos. Aunque no todo era color de rosa, estaba sin Internet y sin cable; y con una vieja de mierda que se resiste a morir. Pero así y todo seguí escribiendo esto que ahora ustedes leen, y que yo, seguramente releeré durante el año, en esas tardes donde me gusta sacarle el polvo a mis notas.

Espero que hasta aquí no hallan estado buscando algún punto clave, una indirecta o algo primordial que yo quiera dar a conocer, porque no lo encontraran. Simplemente tenía que buscar algo para hacer mientras estaba sin Internet, sin cable, y sin ganas de salir, ¿y qué fue lo mejor que se me ocurrió? Ya conocen la respuesta.

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