El Pendrive de Bocha

Crónica de un final anunciado: Te amo Independiente



Suena la alarma, mi celular marcaba las 13:30. Tras varias horas dando vueltas en la cama, junte fuerzas y decidí levantarme. Ordene un poco la casa, me bañe y tome un par de cafés para sacarme todo el sueño de encima. Ahí estaba yo, mirando mi reflejo en el espejo mientras me ponía la casaca del club que amo. Me vestía lentamente de rojo pero ya no a la espera de milagros y festejos, muy distinto en realidad. Lo hacía como quien se pone un traje o cualquier vestimenta oscura para dirigirse a un velatorio. Y es que así lo viví.

En la previa me la pase caminando por toda la casa, de un lado a otro. En un momento, le pido a mi hermana que salga de la computadora, ya que estaba por comenzar el partido y por la cercanía de la PC con el televisor, me tapaba parte de la pantalla. Tras mi pedido ella aprovecha para preguntarme, intentando ser cuidadosa con sus palabras: “¿es importante el partido?” Yo rápidamente le respondo: “es el último, hoy se termina”.

Muy callado me siento en el comedor y me dispongo a ver los encuentros con mi viejo. Los tres árbitros dan comienzo a estos últimos y trascendentales 90 minutos. En silencio y con escasos comentarios analizo el juego. Con la imagen dividida en tres, debido a la transmisión múltiple que se hizo esta tarde, me anime, en secreto, a sacar un par de cuentas, ya me las sabía de memoria, tenía bien en claro que debía suceder para soñar con quedarse en primera. Confieso que por escasos 3 minutos tuve esperanza y me imagine festejando la permanencia. Pero ese aire de optimismo se desvaneció con el primer tanto del Santo sanjuanino. Me pregunte internamente: ¿todavía sueño con lo imposible? ¿Tan estúpido puedo ser? Aunque, ahora más tranquilo, me respondo estos planteos: “la esperanza es lo último que se pierde”. Y si muchachos, fue lo último que perdí.

En el entretiempo, más callado que antes, me dirigí hasta la cocina para prepararme un café a mí, y otro a mi viejo, costumbre en todos los partidos. Y fue en ese momento donde toda mi angustia y penas acompañadoras salieron a la luz. Discutí con mi vieja, varias puteadas al aire y los primeros llantos de la tarde.

Con este clima caldeado comenzó el segundo tiempo, de nuevo en el comedor, sentado, tomando café y llorando desconsoladamente. Los minutos corrían, los resultados no se daban y El Rojo no convertía.

Después y por si fuera poco llega el gol de San Lorenzo, ¿golpe final? ¿Sentencia definitiva? Para nada, yo ya estaba noqueado. Más lágrimas, más desazón. Me temblaban las manos, me latía fuerte el pecho y yo solo pedía una cosa: que se termine, y que sea con dignidad, todos con la frente en alto. “Nos acaban de matar”, repetía para mis adentros, “nos hicieron mierda” grite a los cuatro vientos.

¿Jugadores? Algunos ¿dirigentes? Todos los últimos, ¿árbitros? Ineptos pero sin malas intenciones ¿Grondona? No lo sé, espero y quiero creer que no, soy parte de esos románticos, de los que aún creen que el fútbol no es un negocio. ¿Entonces, quien fue el culpable? Es ante esta pregunta que me paro y les digo a todos, no busco responsables, no me corresponde a mi hacerlo, o quizás si me corresponde como hincha pero la verdad, ahora solo pienso en pasar el luto, rápido y con el menor dolor posible.

Después de un año y medio en coma, este familiar que tanto acompañe, murió entre mis brazos. Exactamente a las 17:05 Independiente parte. Pero no lo hace solo, se va con 5 millones de personas que lo lloran, que lo despiden como lo que es; un grande de América, que digo de América, un grande a nivel Mundial. Las miles de almas rojas le decimos adiós entre aliento y mucho llanto. Con el alma en pedazos, totalmente desolados, enojados, dolidos, y orgullosos.

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