El Pendrive de Bocha

De Juana a Ajna



-¡Hija, a despertarse! – gritó papá.
-¡Vamos que en 30 salimos! – agregó.
Otro día cálido y rutinario comienza en Los Cardales – pensé mientras me cambiaba.
Bajé, y desayuné con la familia. Café con leche, tostadas, medialunas, desayunábamos como todas las mañanas y con el noticiero del 13 de fondo a nuestras charlas, si es que se las puede llamar así a estas reuniones tan silenciosas. Y es que el ambiente en casa no era el mejor, mi papá no era ni un cuarto de lo que aparentaba ser en su programa de televisión. Ese sujeto sociable era una mentira, en casa no había nada más autista que él.
-¡Juana! – pronunció fuerte mi mama.
-¿Qué pasa? – pregunté volviendo a la realidad.
-Estas rara, ¿todo bien? ¿en qué pensabas? – me preguntaron mis padres.
-Sí, sí, todo bien, colgué.
-Bueno, terminá de prepararte que en 10 salimos para el Delta.
-Terminé mi café, limpié mi boca con la servilleta y me dirigí hacia mi cuarto.
“No es infelicidad esto, es cansancio, o capaz las dos cosas. Estoy cansada de esta vida. Me aburre la pileta climatizada, no me divierto en las canchas de tenis, de paddle. Ni en los juegos de la plaza para los que ya estoy un poco grande”, seguía meditando. “Quiero un cambio, y lo quiero ya”. Salí de la casa, envuelta de reflexiones, con la cabeza puesta en otra realidad, me senté en el auto de papá, y me puse los auriculares para escuchar música.
-¡Marce, amor, ya estamos todos! – gritó mamá.
Se cerró la última puerta del auto, y comenzamos con el corto pero eterno camino hacia la entrada, es la parte que más odio del country, ir a dos por hora. Hago más rápido caminando.
Llegamos y el guardia nos preguntó a modo de broma, “¿familia?”, ante lo que mi papá respondió siguiendo el chiste, “Tinelli”. Y entre risas se levantó la barrera y nos fuimos. Una vez en el Delta, mis pensamientos no pararon, es más, se potenciaron. Y en solo un instante, actué. Aproveché un descuido de todos, me subí a una lancha en la que había un sujeto que parecía amable. Y le dije que por favor, sin importar lo raro de la situación, arrancará el motor. El tipo me miró de la cabeza a los pies, y aceleró ante mi pedido. Las gotas del rio caían una tras otra en mi cara. Mis cabellos estaban todos empapados y desprolijos por el viento que me pegaba fuerte en la cara. Mientras me dedicaba a tomar de la cintura al sujeto para no caerme al agua, a la que le tenía pánico, el hombre me hablaba, me preguntaba qué había pasado. Pero yo me mantuve callada, no quería ni tenía interés en entablar ningún tipo de dialogo con él. De repente frenó violentamente su lancha, se dio vuelta e intentó propasarse conmigo. Tuve que tirarme al rio y nadar hasta la orilla. Una vez ahí corrí durante 10 minutos a mucha velocidad, alejándome lo más que pude. Llegué a un barrio muy pobre, con casas de chapa y ladrillo. Las calles eran de tierra, y solo la principal estaba asfaltada, aunque con miles de pozos. Ahí, caminé por 3 horas, y ya con las piernas temblorosas, las orejas muy frías, despeinada y con la ropa sucia, decidí pedir ayuda. Toqué la puerta de una casa en muy mal estado, y enseguida me atendió una señora mayor. La cara de ella me generaba cierta intriga, entre sus arrugas se llegaban a apreciar dos ojos celestes y una mirada muy profunda.
-Podes pasar, te estaba esperando – dijo con una voz dañada por el paso de los años, y se alejó caminando hacia el interior de la casa.
Entré y cerré la puerta intentando no romper nada, en ese lugar todo parecía ser frágil.
-¿Me esperaba? – pregunté dubitativa.
-Sí Juana, te he visto viajar velozmente sobre el agua y desplazarte con extremo cuidado por calles de tierra.
-¿Cómo se llama usted? Pregunté ante la extraña e inesperada respuesta.
-Maia – dijo con simpleza.
-Lograste llegar hasta aquí buscando algo. Pero ni tú sabes bien que es lo que estás buscando, agregó.
-Sí, alejarme de mi infelicidad – afirmé.
-Eso es solo la punta del iceberg, debes ir más profundo, buscas sin darte cuenta aspectos mucho más profundos, o en otras palabras, más elevados, pero no sabes cuales son.
-¿Cómo? ¿Y usted como sabe lo que yo necesito? ¡Quién se piensa que es! – exclamé violentamente.
-Estas aquí por un eterno deber. Debes dejar de ser ingrata, y agradecer por aquello que tienes. Debes dejar de culpar a otros por tus problemas, tu padre no tiene la culpa de nada. Debes dejar de actuar como si todo estuviera bien cuando en realidad no lo está. Debes dejar de guardar rencores. Debes dejar de ser inactiva. Debes dejar de intentar comprar la felicidad. Debes dejar de mentirte a ti misma. Debes.
El silencio se apoderó de la escena, donde solo se escuchaban los golpes del viento en las débiles paredes de la casa.
-Debo salir un rato, necesito pedirte que cuides de mi hija Ajna, está en el cuarto del fondo. Cuídamela mientras no estoy. Volveré enseguida – dijo Maia.
Me quedé quieta, sentada pensando en todo lo sucedido. Mientras reflexionaba, escuché unos ruidos en el cuarto que me había señalado la anciana. Me levanté de la silla y caminé lentamente hasta aquella puerta negra. Estaba entreabierta, asomé la cabeza para mirar que pasaba. Y ahí estaba, postrada en una cama, Ajna, una nena apenas un poco más chica que yo, tendría 14 años. Desde la puerta podía verla, gritando de dolor.
-¿Estás bien? – le pregunté conforme me acercaba a la cama. Estaba pálida, muy delgada, con pocos pelos en la cabeza, y la piel amarilla.
-Sí, perfecta – me respondió de forma irónica.
-Bueno, me voy, no quería molestarte – dije.
-No, era una broma. Podes quedarte – me respondió.
-Pasa que cuando uno está así, la única forma de soportar es tratando de tomárselo con humor. Intentar ser feliz con lo que se tiene.
¿Qué te pasa?
Tengo cáncer, leucemia – me respondió débilmente.
Desde hace algunos años que… - detuvo rápidamente el relato y comenzó a gritar de dolor. Se sentó al borde de la cama, con la cabeza mirando hacia el piso y empezó a toser muy fuerte, escupiendo sangre. De repente me agarró la remera para intentar pararse y mirándome con unos ojos saltones que jamás olvidare, cayó al piso cual hoja en otoño. Yo me quedé inmóvil ante la situación, Ajna estaba tirada en el suelo, muerta.
En la puerta de la habitación estaba Maia, que había vuelto. Mirándome a mí y a su hija.
-Buscabas algo que no sabías que era. Lo encontraste – dijo.
-Hoy llegaste a mi casa a ver morir a mi hija. Una chica de tu misma edad, que pobre y destruida por una enfermedad tenía algo que vos no: felicidad.
Atónita por la escena, solo pude quedarme callada.
Maia agregó finalmente: saldrás de aquí y te iras como Ajna, una persona feliz de lo que tiene, y feliz por quienes la rodean. Todos tus deberes se desvanecerán en el momento que te marches de esta casa. Hoy te transformaras en una nueva persona.
Juana, ahora Ajna, se marchó y caminó tranquila por las calles de tierra. No le importó vestir ropas sucias. No se asustó por las personas que vivían en el barrio. Finalmente llegó a su casa, donde sus padres y hermanos la estaban esperando. Abrazó a su papá y le dijo: “me haces enteramente feliz”. Desde ese día, las reflexiones de Ajna dejaron de enfocarse en sí misma, y se ampliaron notablemente. Al despertar, ya no pensaba en las cosas malas que le sucedían, analizándolas inactivamente y culpando a otros por ellas, ahora meditaba sobre los sucesos que realmente atormentaban a las personas en el mundo, y pensaba en formas de ayudar a esa gente, en maneras de transmitir su felicidad.

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