El Pendrive de Bocha

El zaguán



Llegué tambaleándome al rinconcito aquel, frío, húmedo, pero con un techo sobre mi cabeza, qué acogedor era este lugar, me senté lentamente tomándome de la opaca baranda. Deslicé poco a poco mi cuerpo rozando la descascarada puerta de madera hasta el suelo mismo, unos adoquines grises y sucios. Una vez tumbada en el piso, me acurruqué apoyando mi frente en ambas rodillas. Cerré los ojos y dejé de recordar bajo la eterna oscuridad de la noche y el tenue calor de mi abrigo.
Qué lindas son las puntitas, sí, las puntitas desdobladas de los pelos que recubren claro, el pescuezo de las ratas. Que hermosas son, pensé hacia mis adentros mientras pasaba un carro, no lo vi, lo escuché – seguí durmiendo. Un fuerte golpe me sacudió de repente, del susto alejé la cabeza violentamente estrellándola contra la pared, y aturdida por la situación, abrí los ojos y lo vi: una figura inmensa me tapaba las cercanías, ya la calle no se distinguía, una sombra negra y redonda se presentó ante mis ojos.
-Che, vos - escuché de repente. Y ahí comprendí que era un sujeto, gordito como las bolas de fraile que mama me hacía, donde quieras que estes vieja, te sigo acariciando la espalda como tanto te gustaba, hermosa.
-¿Cómo te llamas? – me dijo el tipo.
-¿Yo? - le pregunté.
-Vos. ¿O no me oís? – me respondió violentamente.
-Echevarne Angélica Inés -afirmé con orgullo-. Echevarne Angélica Inés y me dicen Anahí.
-¿Y qué hacés acá? – me dijo mirándome los hombros.
-Nada -dije-. ¿Me das plata?
-Ahá, ¿querés plata?- me preguntó con tono irónico
-Bueno -agregó-. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
-¿Eh?, sos vivo o te haces? - le contesté rápidamente, mientras recordaba aquellos veranos en la cueva de luximpur.
-¿Ves? Mirá -me mostraba el gordo-. Si te arrodillás te lo doy.
-Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana – grité intentando dejarle en claro mi esencia.
-¿Escuchaste? – me preguntó-. ¿O estás borracha?
-La macarena, ay macarena, llena de tules - comencé a cantar mientras me arrodillaba contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir mi cara entre sus piernas. Él me miró desde arriba y ahí comprendí que él lo había entendido todo.
-Ahí tenés. Yo soy Almada – me dijo el gordo dándome el billete.
-La pecadora. Reina y madre -volví a repetirle-. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
-El gordo se fue feliz por las calles, y yo mirando al sol tuve que seguir cantando.
-La macarena, ay macarena. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules.

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